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Palabras para Domingo

7.08.18

Ezequiel 2: 2-5

2 Corintios 12: 7-10

Marcos 6: 1-6


 

La reacción de Jesús hacia la gente de su pueblo es de tristeza.  El evangelio relata que Jesús “estaba extrañado de la incredulidad de aquella gente.”    Seguramente que Jesús les tenía un cierto sentimiento de cariño para esta gente.  Eran las familias entre las cuales él había crecido.  Él había jugado con los hijos de estos vecinos.  Es posible, que él había compartido sus dolores y sus alegrías como niño y como joven.  Ahora él llega con la gran noticia de la cercanía del Reino de Dios y la gente se incomoda con él.  Nos podemos imaginar la tristeza cuando él tenía que salir de su pueblo porque la gente no lo podía aceptar como profeta.

 

Jesús era un profeta durante este tiempo antes de la Resurrección.   Tenemos que entender que la palabra “profeta” quiere decir mensajero de Dios, alguien que habla en nombre de Dios, que habla por los que no tienen voz: por los pobres, las viudas, los huérfanos de su tiempo.  Jesús venía como mensajero de un Dios que se interesaba en los pequeños de la tierra.  El Dios de Jesús no era un juez que juzgaba según el cumplimiento de la ley.  El Dios de Jesús era un Padre compasivo que perdonó al hijo prodigo, un Buen Pastor que salió en búsqueda de la oveja perdida, un pescador que echó sus redes para incluir a todos los peces del mar.  Jesús, el profeta anunció el Reino de perdón, de compasión, y de amor para todos.

 

Y es exactamente eso que causó mucho problema.  Este mensaje no era lo que la gente esperaba.  Algunos esperaban un mesías que iba a librar a la gente de la opresión de los romanos.  Sin embargo, Jesús vino a proclamar a un Dios del perdón hacia los enemigos.  Algunos esperaban un Reino en que ellos saldrían victoriosos sobre los extranjeros.  Pero Jesús vino para anunciar un Reino que incluye a todos, incluso a los paganos.  Algunos esperaban un Reino donde ellos podrían compartir las riquezas de s trono.  Jesús anuncio que los pobres eran los bienaventurados de Dios.  El mensaje de Jesús no llegó a la medida de su expectativa.  Entonces, no pudieron aceptar que Él estaba compartiendo el mensaje de Dios.  No creyeron.  Para ellos, este Jesús era no más que el hijo del carpintero, el hijo de María, el hermano de sus vecinos.

 

Me parece que la misma historia se vuelve a repetir en nuestro tiempo.  Tal vez, tenemos algunas ideas de cómo debemos actuar con Dios, de cómo se debe anunciar su palabra, y de cómo debe ser el verdadero servicio a Dios.  Y nos aferramos a no creer cuando vemos a cierta gente que no caben dentro de las normas de nuestro entender.     Queremos tener todo el mensaje de Dios bien organizado, bien empaquetado, bien ordenado.  Y cuando el mensaje se manifiesta en una forma diferente, le damos a espalda al mensajero.

 

En nuestro día, hay muchas voces anunciando el mensaje de Dios.  Puede ser que el mensaje de justicia se encuentra en los labios de los que hablan por la reforma de las leyes de inmigración.  Puede ser que el mensaje de paz se anuncia por los que protestan la injusticia.  Puede ser que el mensaje de compasión es proclamado por los que trabajan a favor de mujeres y jóvenes abusados.  Puede ser que el mensaje de perdón se comunica por las agencias que trabajan con presos y adolescentes atormentados. 

 

Las lecturas hoy nos recuerdan que debemos estar bien atentos al mensaje que escuchamos, a pesar de nuestros propios prejuicios.  No debemos perdernos en las apariencias del mensajero.  Dios nos sorprende con frecuencia, teniendo tendencia a no actuar de la forma en que nosotros esperamos.  Pidamos pues la gracia que viene de Dios para tener un corazón abierto a los profetas de nuestro tiempo- a las voces que proclama el Reino de Dios- el Reino de justicia, de paz, de misericordia y del perdón.  Si estas voces vienen de la Iglesia, mucho mejor.  Pero si vienen de otro lado, precisa que también tengamos la humildad para poder escuchar su mensaje.

 


Sr. Kathleen Maire -  kathleenemaire@gmail.com


 

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