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Homilías DOMINICALES - 14 de enero

Segundo Domingo Ordinario

1 Sm 3, 3b-10. 19

Salmo 39, 2 y 4ab. 7-8a. 8b-9. 10

1 Cor 6, 13c-15a. 17-20

Jn 1, 35-42


 

Las lecturas bíblicas que escuchamos en este segundo domingo del tiempo ordinario muy bien podrían titularse “el llamado”. Principalmente la primera lectura y el Evangelio de hoy nos narran maneras en que Dios invita a seguirle. En el primer libro de Samuel, Dios llama al joven Samuel, pero al principio el joven no entiende pues “aún no conocía al Señor y su palabra no le había sido revelada”. Y en el Evangelio de San Juan, dos discípulos (uno de ellos Andrés) y luego Simón Pedro son llamados para seguir a Jesús. En ambas lecturas encontramos a un “mediador” que les ayuda a discernir este llamado: en la primera lectura es el sacerdote Elí quien instruye a Samuel a escuchar y responder a Dios; y en el Evangelio, es Juan Bautista quien indica a los discípulos que él no es el Mesías, sino Jesús es a quien hay que seguir. De la misma manera, todos nosotros hemos sido llamados por Dios para seguirlo, y muy frecuentemente en esta experiencia de ser llamados por Dios hemos tenido a alguien a nuestro lado que nos ayuda a discernir sobre la invitación de Dios. A veces el mediador es una persona en nuestra familia, o algún amigo, o alguna persona religiosa, o alguien con una empatía, generosidad y paz superabundantes. Incluso hay ocasiones en que nos sentimos llamados por Dios a través de un acontecimiento importante en nuestras vidas, algo que nos “sacude por dentro” o algo que nos mueve al corazón. O quizás el llamado de Dios lo escuchamos en acontecimientos de la vida cotidiana, en momentos sutiles y gestos discretos.

 

De hecho, el llamado de Dios no es exclusivo para personas con vocación al sacerdocio o a la vida religiosa. La vocación de amar a Dios y al prójimo es para todas las personas, es totalmente inclusivo. La vocación es para amar, porque Dios es amor; y quien ama está en Dios y Dios está en quienes aman. Así como Samuel aún no conocía a Dios y los discípulos aún no conocían a Jesús, y tuvieron que aprender quién es Dios, así también nosotros emprendemos un camino de conocimiento que nunca termina. Siempre hay nuevas facetas para conocer a Dios y a su Hijo, Jesús. Pero este camino de conocimiento sólo se profundiza en la medida en que profundizamos nuestras relaciones de amor, paz y justicia para con los demás.

 

La vocación al amor de Dios no culmina en el primer momento del llamado; tenemos que cultivarlo, como se cultivan las relaciones interpersonales, como se cultivan los talentos y las virtudes. En este camino interminable, en donde aprendemos quién es Dios, habrá momentos de oscuridad, incluso momentos de experiencia de “ausencia de Dios”. Pero aún en esos momentos de aparente ausencia, tenemos que aprender a seguir confiando que Dios nos acompaña a pesar de no sentir su presencia.

 

¿Cómo experimentas el llamado de Dios? Como Samuel, hay ocasiones en que al principio no entendemos los signos de Dios. Como Samuel, necesitamos varias llamadas. Tenemos que aprender a estar atentos, a escuchar y percibir las diferentes maneras en que Dios nos llama. Como los discípulos en el Evangelio, nosotros también necesitamos aprender a aceptar la invitación que Jesús les hizo, pues también es una invitación que Jesús nos ofrece a cada uno de nosotros en formas diversas y desde nuestros contextos muy particulares de vida y narrativa personal. Dios no se cansa de llamarnos. Jesús siempre nos da la bienvenida a su casa, como lo hizo con sus primeros discípulos: Ellos le preguntaron, ¿Dónde vives Rabí (Rabí significa ‘maestro’). Él les dijo, ‘vengan a ver’. Allí, en ese momento, al aceptar la invitación a la casa de Jesús y aceptar su bienvenida, ahí inició una aventura sin fin, los discípulos empezaron a conocer a Dios, aprendiendo de su “maestro”. Y ahora, Dios también nos vuelve a llamar a cada uno de nosotros, invitándonos a visitarlo, a aceptar su gesto de bienvenida. Cuando Jesús nos abre las puertas de su casa, diciéndonos como en el dicho popular “mi casa es tu casa”, y cuando nosotros aceptamos su invitación, entonces nuestro corazón se abre y dejamos que también Jesús habite en nuestros corazones, dejamos que entre al hogar de nuestros corazones. Y Jesús es Dios. El maestro Jesús nos enseña el camino a Dios, nos enseña a seguir el llamado de Dios a un amor incondicional y que no conoce fin.

 

¡Vengan a ver!

 

Ángel F. Méndez Montoya, OP

CIUDAD DE MÉXICO
 



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