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Homilías DOMINICALES

8 de abril 2018

Segundo Domingo de Pascua

(Domingo de la Divina Misericordia)

Leccionario: 44

Hch 4, 32-35

Salmo 117, 2-4. 16ab-15. 22-24

1 Jn 5, 1-6

Jn 20, 19-31


El cuerpo resucitado de Jesús lleva las marcas de su crucifixión. Esto lo comprueba el discípulo Tomás en el Evangelio de San Juan que escuchamos este domingo. La historia del cristianismo ha castigado a Tomás por exigir evidencias para comprobar que el cuerpo de Jesús no era un “espíritu” desencarnado, pues su demanda de pruebas tangibles no lo hace tan dichoso como aquellos que “creen sin haber visto”. Pero imagino que cuando Tomás vio en las manos de Jesucristo las marcas de los clavos y metió sus dedos en su costado, finalmente se sumergió en la misma dicha de aquellos que creen si haber visto. Con Tomás, entonces, la historia del cristianismo también se ha beneficiado de un testimonio sobre la resurrección de Jesús como un acontecimiento que co-implica a la carne con el espíritu, la muerte con la vida. El resucitado es el crucificado.

 

Desde entonces, Jesús se le comprenderá como el Hijo de Dios Padre que se identifica con los crucificados del mundo y que impulsa con el Espíritu Santo a una vida resucitada para todos.

 

Sin lugar a dudas, somos testigos de un mundo crucificado: en los feminicidios, en las desapariciones de cuerpos de migrantes, en los asesinatos de periodistas y luchadores de derechos humanos, en la explotación de los pobres y en la destrucción del planeta. En México, por ejemplo, tenemos a miles de padres de hijos e hijas desaparecidas, familiares que buscan el cuerpo de sus seres queridos, comunidades que marchan en las calles exigiendo que aparezcan los cuerpos de activistas y defensores de la justicia y la verdad. Mientras que en el Evangelio el cuerpo de Jesús desapareció por un lapso de tiempo, pero luego apareció resucitado, aquí en México muchos cuerpos aún no han aparecido, continúan desaparecidos. Aquí y en todo el mundo existen personas y comunidades que viven la monstruosidad de la crucifixión de manera perpetua: una crucifixión sin resurrección, una muerte sin vida, una ausencia sin presencia.

 

Y sin embargo, la resurrección de Jesucristo también significa su presencia en la comunidad de hombres y mujeres que se dan y cuidan mutuamente, que buscan el bienestar de todos (particularmente de aquellos que viven en situaciones más precarias). Recordemos cómo la primera lectura de los hechos de los apóstoles narra la historia de las primeras comunidades cristianas, quienes vivían a Jesús resucitado en la presencia del Espíritu Santo que los impulsaba a amarse y perdonarse los unos a los otros y a procurar una vida vivible, con paz y justicia para todos. Esto también es una “huella”, un “signo” de la resurrección de Jesucristo. Por eso mismo, el acontecimiento de la resurrección se testifica cuando nos solidarizamos y acompañamos exigiendo que aparezcan nuestros desaparecidos, cuando no somos indiferentes ante la explotación de nuestras hermanas y hermanos, ya se en el trabajo, o en la escuela, o en las calles. El testimonio de la resurrección se hace tangible cuando ayudamos a los más necesitados y le damos la mano para ayudar a levantarse a quienes han caído o fallado.

 

La resurrección se hace tangible cuando encarnamos la infinita misericordia de Dios, cuando aprendemos a perdonarnos a nosotros mismos y a perdonar a quienes nos han ofendido. Jesús resucitado no viene a hacer la guerra contra sus verdugos o acusadores o contra los que lo abandonaron en los momentos más difíciles. No. Jesucristo resucitado muestra el rostro de la misericordia divina que ofrece todo su amor y su paz, y que desborda los muros de todo el odio y violencia humana. Somos testigos de Jesucristo resucitado cuando encarnamos la paz que nos ofrece Jesucristo, diciéndonos, perpetuamente: “la paz esté con ustedes; como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”.

 

¡Resucitó! ¡Aleluya!

 

Fray Ángel F. Méndez Montoya, OP

CIUDAD DE MÉXICO
 


 

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