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Homilías DOMINICALES


 

12 de agosto 2018/XIX Domingo ordinario/Leccionario: 116

1 Reyes 19, 4-8

Salmo 33, 2-3. 4-5. 6-7. 8-9

Ef 4, 30–5, 2

Jn 6, 41-51


Debió haber sido muy difícil para los judíos escuchar las palabras de Jesús en el Evangelio de hoy. Sin duda se sentían perplejos al recibir su mensaje diciendo cosas como,  “yo soy el pan de vida que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre”. Imagino que todavía más les habrán escandalizado sus palabras cuando dijo, “Y el pan que yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida”. ¿Estaba Jesús promoviendo la antropofagia? Incluso estas palabras de Jesús seguramente siguen escandalizando a mucha gente en nuestros tiempos. De hecho no sólo este pasaje, sino todo el Evangelio de San Juan mantiene un tono bastante radical y difícil de “masticar”.  Es preciso, pues, profundizar brevemente sobre algunos posibles significados de este texto del Evangelio de Juan, pero más que todo, “digerir” muy cuidadosamente el mensaje para encontrar la relevancia para el mundo actual.

 

Recordemos que el prólogo de Juan inicia con un hermoso himno, en el que se pronuncia que “La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”. Con esto Juan se refiere a la encarnación de Dios al interior de la carne humana. Jesús no solo habita en un cuerpo humano, sino en la “carne”, que es lo más profundo de nuestra humanidad, es lo más humano de la humanidad. Esto significa que Dios se humaniza profundamente. De esta manera, la encarnación de Dios muestra un gesto de plena solidaridad con la humanidad, sobre todo con lo más frágil y vulnerable del ser humano. Por eso, Dios no se muestra lejano e indiferente al mundo, pues a través de la encarnación y humanización de Dios, se hace radicalmente íntimo a nosotros, en particular se solidariza con los más indefensos y explotados en el mundo. Esto es un escándalo, una radicalización del amor divino que se humaniza para nosotros y entre nosotros. Pero el Evangelio de San Juan está lleno de paradojas. En el caso de la encarnación, Dios se humaniza para divinizar la humanidad. Jesucristo nos hace partícipes de su Padre Dios. Esto quiere decir que la humanidad participa en hermandad y sororidad con un mismo Dios, significa que la humanidad tiene el potencial para la deificación.

 

Bajo esta misma lógica del Dios que se humaniza y que su humanización nos diviniza podemos entender las paradojas del texto del Evangelio que escuchamos hoy. Jesús es el pan de vida. Esto indica, en primer lugar, que Dios se solidariza con su pueblo, y que por lo tanto no los deja morir de hambre: aquí se hace referencia explícita al maná bajado del cielo durante los 40 años que el pueblo de Israel, después de escapar de la esclavitud en Egipto, ambula por el desierto en búsqueda de la tierra prometida. Jesús reconoce este amor solidario de Dios para con su pueblo Israel, enviándoles el maná, el pan, el sustento necesario para su sobrevivencia. En otros pasajes del Antiguo Testamento, también se observa a Dios que se preocupa por su pueblo, y que invita a los judíos a hacer lo mismo, procurando por aquellos que más pasan hambre (los niños, los ancianos, las viudas, los forasteros). Sin embargo, Jesús hace explícito que cuando él dice “yo soy el pan que baja del cielo”, esto no sólo se refiere a Dios que alimenta a su pueblo. En segundo lugar, y más radicalmente, Jesús está diciendo que Dios se convierte en alimento para su pueblo. Ahora Dios es “pan”, alimento, sustento para nuestras vidas. Así como Dios se humaniza en la encarnación, así ahora se convierte en alimento, para ser parte de nuestros propios cuerpos, de nuestras propias vidas. Y, una vez más, el Evangelista Juan no deja de lado las paradojas. Así que, en tercer lugar, aquí también encontramos una paradoja. Dios se convierte en alimento para formar parte de nuestros cuerpos y del corpus de toda la creación; pero esto con el fin de que nosotros nos convirtamos en el corpus Christi, en el cuerpo de Cristo, el cual participa, más radicalmente de Dios. He aquí el corazón de la teología de la Eucaristía: somos un solo cuerpo el cual forma parte de Dios. Aunque Dios es totalmente “Otro”, sin embargo se da como alimento, forma parte de nosotros. Y esto con el fin de hacernos parte de Dios. Dios se hace presente como Eucaristía, con el fin de que nosotros nos convirtamos en personas Eucarísticas.

 

La relevancia de este amor radical de Dios que se da como alimento, indica que Dios nos cuida con tantísimo amor que su presencia nos nutre. Este gesto contrasta y se hace tangible ante la crisis que vive el mundo actual, en donde tanta gente carece de alimentos básicos para su sobrevivencia. Actualmente existen 815 millones de personas el mundo que están sufriendo hambre y desnutrición. Muchos mueren por falta de alimentos, principalmente los niños y ancianos. Por otro lado, existen muchos lugares en el mundo en donde se desperdicia y tira la comida por toneladas. Hay zonas del planeta que son devastadas por el trato que se le da a animales, plantas, vegetales, frutas y legumbres que nos alimentan, ya que los seres humanos abusamos de nuestros recursos naturales. Somos los más peligrosos depredadores del planeta. ¿Qué significa creer en un Dios tan infinitamente generoso y solidario hasta el punto de convertirse en alimento, cuando en el mundo existe una crisis alimentaria y ecológica ocasionada por el derroche, el abuso y la explotación del planeta y de los trabajadores?

 

Existen muchos tipos de hambres. Está el hambre física y material, la carencia de alimento y sustento. Y como hemos visto, esto es bastante grave en el mundo actual. Pero también existe el hambre de afecto, de reconocimiento, de relaciones pacíficas. Hay quienes experimentan hambre por justicia, por la verdad y el amor, sobretodo viviendo en un mundo donde prevalece tanta injusticia, en donde se manipula a la gente, donde existe tanto odio.

 

Por eso hoy nos presentamos ante el altar y reconocemos nuestras propias hambres personales e interpersonales, pidiendo a Dios que siempre nos de su pan de vida eterna, el verdadero alimento que nos convierte en seres Eucarísticos, transformándonos en alimento para todos, sobre todo para quienes más sufren de hambre física, emocional y espiritual.

 

Fray Ángel F. Méndez Montoya, OP/ CIUDAD DE MÉXICO

 


 

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