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Homilías DOMINICALES


Vigésimo Octavo Domingo del Tiempo Ordinario 14 de octubre del 2018

Disculpas que no tenemos Homilías Dominicales corrientes para mandarles esta semana. En su lugar, le mandamos una reflección de nuestros archivos.

Paz en Cristo,

Homilías Dominicales


Vigésimo Octavo Domingo del Tiempo Ordinario

14 de octubre del 2012

Primera Lectura: Sabiduría 7, 7-11

Salmo Responsorial: Salmo 90, 12-17

Segunda Lectura: Hebreos 4, 12-13

Evangelio: Mc. 10, 17-30

Tema: ¡Citius, Altius, Fortius! (¡Más rápido, más alto, más fuerte!)

Primera Lectura: El espíritu de sabiduría es dado al autor de este texto sagrado y con ella le vienen todas las riquezas que había despreciado por obtener sólo la sabiduría.

Salmo Responsorial: ¡Llénanos de tu amor, oh Señor, y cantaremos de gozo!

Segunda Lectura: La Palabra de Dios, Cristo, el Verbo Encarnado, conoce nuestro ser y nuestros más íntimos deseos y pensamientos: nada puede ocultarse a Él.

Evangelio:

Ya sea en su versión corta (vv. 17-27) o larga (vv. 17-30), este pasaje del Evangelio nos habla de la radicalidad del seguimiento de Jesús. El hombre rico de esta historia actúa basado en el seguimiento a la Ley, en el cumplimiento puntual de lo requerido para ser contado como un "heredero". Jesús menciona los seis mandamientos que tienen que ver con el prójimo ("no matarás", "no cometerás adulterio", "no robarás", "no darás falso testimonio" "no codiciarás" [que Jesús expresa como "no defraudarás"] y "honrarás a tu padre y madre"), pero deja al último de manera implícita los primeros tres ("amarás a Dios sobre todas las cosas", "no usarás el nombre de Dios en vano" y "santificarás las fiestas") que exigen el poner a Dios en primer lugar, muy por encima de todas las cosas, y especialmente muy por encima de las cosas materiales. De ahí que a la petición de vender todas sus posesiones y darle el dinero a los pobres, el joven rico se retira apesadumbrado.

 

No debemos olvidar que la petición de Jesús al joven rico va en contra de lo que la gente de su tiempo creía: ¡la riqueza es signo de la bendición de Dios! Sin embargo, no debemos olvidar que la riqueza, la abundancia, el poder, el dominio sobre la naturaleza, etc. no son más que dados en préstamo a los seres humanos, ya que el único y verdadero dueño de todo lo que existe es Dios. Aferrarse a las riquezas, a las posesiones, a las personas, al status, al poder, es signo de que se ha dejado de adorar a Dios y se han puesto en su lugar "ídolos que no pueden salvar".

 

En el contexto de la Nueva Ley, Jesús habla del esfuerzo extra que se espera; en otras palabras, el discípulo no puede contentarse con "no matar"; ahora debe dar la propia vida; no es suficiente que "no codicie la mujer del prójimo" - ahora debe renunciar a tener la suya propia; no es suficiente que "no robe" - ahora debe despojarse de todo; no es suficiente que honre a su padre y madre (que los cuide hasta la muerte) – ahora debe dejarlos para responder a un llamado más alto; etc. Vistas así, las exigencias del Reino parecen imposibles … pero Jesús responde: ¡nada es imposible para Dios!

 

Ejemplo de Homilía:

 

El fraile Dominico francés, Henri Didon, ideó el llamado hendiatris Olímpico: Citius, Altius, Fortius, el cual fue usado originalmente en una reunión de jóvenes en 1891 y adoptado más tarde como el lema de los modernos juegos olímpicos. Esta expresión que usa tres palabras (más rápido, más alto, más fuerte) para enfatizar una sola idea (el vencedor o ganador) bien puede resumir el mensaje del Evangelio que acabamos de escuchar: El vencedor de entre nosotros es aquel que, por ser el más rápido y el más fuerte, alcanza a llegar más alto; es decir, hereda la vida eterna.

 

Pero el ser vencedor requiere, como bien sabemos, una intensa preparación. No podemos pretender ser ganadores de una competencia o de una batalla de la noche a la mañana... y tampoco basta con ser simplemente "bueno (a)" para ganar. La invitación y la tarea que se nos encomienda este Domingo es la de ser excelentes, la de ser los primeros, la de ganar la batalla… pero no nos dejemos engañar - como el joven del Evangelio - por las apariencias y por la costumbre: no es suficiente con pensar que ya la hicimos, que somos vencedores porque venimos a la Iglesia cada domingo o porque pertenecemos a tal o cual grupo o porque somos religiosos o religiosas o curas… La voz del Señor resuena con insistencia el día de hoy: ¡Citius, Altius, Fortius! (¡Más rápido, más alto, más fuerte!)

 

"¡Más rápido!", anima Jesús, "pero no para llegar primero o arrebatarle el premio a todos los demás, sino para acudir en auxilio y ayuda de los que más lo necesitan; para que t despojes de todo lo que es accesorio; para que ayudes a que todos tengan lo indispensable; para guiarlos de palabra y obra hacia la vida eterna…"

 

"¡Más alto!", exhorta Jesús, "pero no sólo en la escala social, en la fama pasajera y la fortuna incierta que te da la falsa ilusión de estar en la cima del mundo, sino en tu desarrollo humano y personal, en tu crecimiento espiritual, en tu caminar hacia la plena realización que sólo alcanzarás acompañado por otros, recordando que el viaje hacia la cima, si se emprende solo, es un viaje estéril y desolado pero en compañía es el camino hacia el pleno desarrollo como persona, como ser humano y como hijo (a) de Dios".

 

"¡Más fuerte!", alienta Jesús, "pero no para que pises a los demás y te aproveches de tu posición de poder o autoridad como padre, jefe, político, etc. y así explotes, maltrates y humilles a los demás, sino para que soportes las injurias personales y las perdones sin vacilar; para que enfrentes la desgracia, la enfermedad y la muerte con fe y esperanza; par que superes la tentación del dinero, del poder, del sexo sin amor y dediques tu tiempo, tu esfuerzo y tus recursos a ayudar a los demás y a acercarte con ellos cada vez más a Dios".

 

¡Citius, Altius, Fortius! (¡Más rápido, más alto, más fuerte!) He aquí la invitación que Jesús nos hace este Domingo: "apresúrense a dejar atrás todo lo que les estorba (la pereza, los vicios, las malas compañías) y síganme; aprendan a mirar más alto, a imaginarse en paz, realizados, felices en esta vida y en camino hacia la vida eterna; y siéntanse fuertes porque, en medio de sus debilidades, en medio de sus trabajos y pesares de la vida, caminan acompañados por mi Espíritu, el cual hace posibles todas las cosas, aún aquellas que a ustedes les parecen imposibles".

 

Alimentados por el Pan de la Palabra y de la Eucaristía y apoyados en el Santo Espíritu, caminemos ¡Citius, Altius, Fortius!

 

Fr. Leo Almazan, OP

 


Queridos predicadores:

 

BIENVENIDOS a los últimos destinatarios de correo electrónico de "Primeras impresiones", los feligreses de la parroquia de St. James en Petaluma, California.


Tener riqueza no condena automáticamente a una persona. La pobreza tampoco trae la santidad automática. Pero, en el evangelio de hoy, Jesús estaba desafiando la creencia común de su época: que las riquezas eran una señal del favor de Dios. Si tuvieras riqueza, sería una recompensa por llevar una buena vida. Jesús invierte esta noción cuando invita al hombre rico a: "Ve a vender lo que tienes, dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo, luego ven y sígueme".

 

La gente busca la riqueza pensando que garantizará estatus, control, seguridad e independencia, como comúnmente decimos, "la buena vida".Además, el hombre rico habría visto su riqueza como aprobación de Dios, una recompensa por su vida buena y observadora. Después de que Jesús le recuerda los mandamientos, responde: "Maestro, todo esto lo he observado desde mi juventud". En los días de Jesús, los ricos habrían tenido más tiempo y medios para estudiar y seguir la Ley. Los pobres analfabetos apenas podían pasar del día a día, sin tiempo para estudiar y aprender enseñanzas éticas y prácticas religiosas apropiadas. Por lo tanto, parecerían no observadores, ajenos a lo religioso y pecadores.

 

El hombre tenía riquezas y guardaba los mandamientos: ¡parece que lo había hecho! Le preguntó a Jesús: "Buen maestro, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?" Antes de responder, Jesús despide que el hombre lo llama "bueno". No se trata de títulos y símbolos de honor. En cambio, Jesús vuelve el enfoque del hombre hacia Dios. Las leyes que cita guían nuestra vida para ajustarse a los caminos de Dios. Pero Jesús dice que se requiere más que las leyes para tener vida. Si el hombre quiere "vida eterna", Jesús lo invita a vender todo y seguirlo. No se trata solo de guardar reglas, costumbres y leyes religiosas, sino de seguir a Jesús. Y eso requiere una entrega completa, poniendo nuestra vida y seguridad, no en bienes materiales, sino en Jesús y su camino a la vida.

 

Si el hombre renunciara a sus riquezas, ¿qué garantía visible tendría de que tenía la aprobación de Dios y el don de la vida? Tendría que seguir confiando y siguiendo a Cristo. "Todo lo que él tendría" era Jesús. ¿Sería eso suficiente para él? ¿Le aseguraría eso el favor de Dios? ¿Es Jesús suficiente para nosotros? ¿Qué signos buscamos? ¿Qué necesitamos para asegurarnos el amor de Dios?

 

Nuestra primera lectura del Libro de la Sabiduría también se enfoca en nuestras vidas. El autor de la lectura reza por "prudencia". La prudencia es la habilidad y el buen juicio en el uso de nuestros recursos. Es guiado e influenciado por la sabiduría. La oración del autor afirma el valor de la sabiduría sobre las riquezas y las posesiones.

 

De manera similar, la segunda lectura muestra la participación de Dios en el mundo por medio de la palabra. Es una palabra viva que expone nuestros verdaderos valores. Aquellos con riquezas pueden controlar muchas situaciones humanas, pero eso no significa que tengan vida eterna. El evangelio nos recuerda que la dependencia de Dios, a través de Jesucristo, nos brinda lo que es verdaderamente bueno y vivificante. En respuesta a las lecturas de hoy, reflexionamos sobre dónde y cómo nuestro deseo de estatus y seguridad nos preocupa y atrae nuestra atención y nuestras energías lejos de Dios.

 

¡Espera un minuto! No soy rico y casi todas las personas que escuchan este evangelio hoy tampoco lo son. Tal vez deberíamos simplemente encerrar el pasaje y etiquetarlo, "no se aplica a mí". Antes de hacer eso, echémosle un segundo vistazo.

 

Acabo de terminar de predicar en una parroquia en Petaluma, California, donde tienen un programa catequético muy activo para niños. Tales programas enseñan a nuestros jóvenes que estamos llamados a servir a Dios y no a las posesiones, a la "vida eterna". No es solo el tema que se enseña a los estudiantes lo que transmite este mensaje, sino el testimonio obvio de la vida de los maestros. Todos son voluntarios. Se necesita tiempo, energía y talento para entrenar a los jóvenes en su fe. Estos maestros son una señal para sus estudiantes. Han dejado de lado el énfasis en los bienes materiales, "dejaron todo" para seguir a Cristo y así recibir el regalo de la vida que ofrece a sus seguidores.

 

La lectura de Hebreos de hoy describe la palabra de Dios como "viva y efectiva ... capaz de discernir reflexiones y pensamientos del corazón". La palabra de Dios hoy puede estar pidiéndonos que pensemos de nuevo sobre la cuestión de las posesiones. Parece que los discípulos que escucharon lo que Jesús dijo al hombre rico estaban desconcertados cuando preguntaron: "¿Quién puede ser salvo?" No eran ricos y lo que Jesús dijo habría contrastado con lo que les habían enseñado. Ellos también habrían visto la riqueza y el poder como una señal del favor de Dios; La pobreza como castigo.

 

El hombre rico se fue triste porque no pudo, o no quiso, renunciar a sus riquezas en favor de Cristo. Pero los evangelios no dicen que las riquezas en sí mismas son malas. Tampoco parece que las riquezas del hombre rico lo convirtieran en una persona pecadora: era un hombre respetuoso de la ley y bueno. Pero Jesús le estaba pidiendo que fuera más lejos en su vida de fe y se convirtiera en un seguidor de pleno derecho y totalmente devoto.

 

Ese fue el desafío para el hombre rico. ¿Qué es para nosotros hoy? Nos hace una pregunta: ¿En qué confiamos en última instancia? ¿Es dinero, posesiones, estatus o poder? O, ¿estamos dispuestos a poner nuestra confianza en Dios? No es que esta confianza te garantice un fácil paseo por la vida. Confiar en Dios no significa que podamos relajarnos, dejar de trabajar y dejar que Dios cuide de nosotros. Pero cualquier cosa que la vida nos presente, Dios será nuestra fortaleza y seguridad.

 

Otra pregunta que tenemos ante nosotros hoy es: ¿Cuánto de nuestras vidas estamos dispuestos a invertir en seguir a Jesús? ¿Seguirlo requerirá que dejemos de lado lo que será beneficioso para nosotros, pero entra en conflicto con nuestra fe en Cristo? ¿Nos ha costado algo nuestra fe, o simplemente hemos hecho compromisos y hemos evitado las demandas que la fe nos ha hecho? ¿Quién sabe a qué nos llamarán los seguidores de Cristo a renunciar?

Pero el evangelio nos dirige a estar preparados y dispuestos a dejar ir todo lo que obstaculiza nuestro compromiso total con Jesús y sus caminos.

 

Jesús tiene un último desafío para el hombre rico y para nosotros: ¿Estamos dispuestos a compartir lo que tenemos con los pobres? Puede que no seamos ricos, pero siempre hay quienes tienen menos.

 

Haga clic aquí para un enlace a las lecturas de este domingo:

http://www.usccb.org/bible/readings/101418.cfm

 


 

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