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Homilías DOMINICALES

Domingo XXXII, 12 De Noviembre 2017


 

XXXII

DOMINGO

ORDINARIO

2017

Primera lectura

Sab 6, 12-16

Salmo 62, 2. 3-4. 5-6. 7-8

1 Tes 4, 13-18

Mt 25, 1-13


 

La sabiduría es un don de Dios. Existen personas inteligentes, otras muy informadas cual enciclopedias andando. Pero la sabiduría a la que se refiere hoy la primera lectura del Libro de la Sabiduría, tiene que ver con algo aún más extraordinario. Es algo más amplio que el mero conocimiento racional y que la acumulación de datos. La sabiduría consiste en aprender de la vida a través de sentir y de palpar, es tener la capacidad de discernir y de ser sensibles ante la realidad que nos rodea. La sabiduría es un conocimiento o “saber” del corazón. De hecho, la raíz etimológica de la palabra sabiduría, proviene del latín, sapere, que significa “saborear”. La gente sabia son aquellas personas que aprenden a saborear la vida, desarrollando una habilidad para encontrar el sentido de las cosas a partir de la degustación. A quienes buscan las sabiduría, se les “aparece siendo benévola”. La sabiduría es un deleite que nace del corazón. Por eso este hermoso texto de la primera lectura nos dice que antes que nada, a la sabiduría hay que “desearla”, porque el deseo proviene de lo más profundo del corazón.

 

Dios es sabiduría plena, un deleite que no tiene límites ni muros, un deseo infinito. Por eso la sabiduría es un don de Dios que da de sí, que se desborda de Dios. No solo es un regalo, es el tesoro que expresa todo el deseo de Dios de habitar en nuestros corazones. No hay dinero que pueda comprar el profundo amor que Dios nos comparte día a día. Esta sabiduría no se puede comprar, se tiene que aprender a recibir, a la vez que compartir con los demás. A pesar de nuestros rechazos a recibirla, por encima de los muros que edificamos entre unos y otros y que divide abismalmente a Dios y nosotros, la sabiduría de Dios siempre insiste en tocar a nuestra puerta; su dádiva amorosa es infatigable.

 

Jesús sabía muy bien la importancia de la sabiduría de Dios, pues él mismo participa íntimamente de esta abundancia divina. En el Evangelio que escuchamos este domingo, Jesús habla como los sabios, sin tratar de impresionar con teorías elaboradas ni con racionamientos calculadores. No. La sabiduría de Jesús se expresa con parábolas, con narrativas que abren nuestros imaginarios y nos ayudan a formar parte de esas mismas historias. Hoy Jesús compara al Reino de Dios con mujeres sabias, que no dejan apagar el fuego del deseo de Dios, porque saben que Dios nos desea primero, que toca a la puerta, y por eso tenemos que estar atentos a su llamado, agudizar todos nuestros sentidos. Dios es el más amado y es quien más nos ama. Así es la vivencia del Reino de Dios: el deleite de vivir en la presencia de ese don de amor divino.

 

Quizás por eso mismo las personas sabias no vive amargadas. Esto no quiere decir que los sabios no pasan sufrimientos y hasta momentos amargos. Su sensibilidad expresa siempre compasión y por lo tanto la gente sabia se conmueve con el sufrimiento humano, incluso con el sufrimiento del planeta entero. Pero, dado que la sabiduría, antes que cualquier cosa, es un deleite de la presencia del amor divino, la gente sabia no se deja encarcelar perpetuamente por el sabor de la amargura. Más bien, la sabiduría lleva a la acción, sale de sí para hacer presente una delicia más allá de toda amargura, es una “sapiencia” que cura y libera toda amargura. La sabiduría es el don un amor que sana heridas, edifica puentes y nos lleva a un espacio de resiliencia.

 

La sabiduría viene de Dios, es don de Dios. Hay que desearla, aprender a recibirla, degustarla y compartirla a toda persona y en todo lugar. Hay algo “Eucarístico” en la sabiduría, a la vez que la Eucaristía tiene una dimensión sapiencial. La sabiduría es la recepción de un don gratuito que nos lleva a vivir en la gratitud, acción de gracias, vivencia de gracia, deleite. Pero también la Eucaristía es sapiencial en tanto que es la recepción por medio de la degustación de Dios-como-alimento. La Eucaristía, como la sabiduría, expresa a Dios que da de sí, es una dádiva que se parte y se comparte. Al igual que la sabiduría de Dios desborda todos los muros, así también la Eucaristía desborda los templos, sale al espacio público y se hace presente en historias de la vida cotidiana, en aquellas personas que no apagan su deseo, que no dejan extinguir el fuego del corazón.

 

Fray Ángel F. Méndez Montoya, OP

Ciudad de México

 



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