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Homilías Dominicales

EL TERCER DOMINGO DE ADVIENTO, 16 de diciembre de 2018

 

(Sofonías 3:14-18; Filipenses 4:4-7; Lucas 3:10-18)


 

El hombre, un ambientalista, habla en un video con la urgencia de un capitán cuyo barco se está hundiendo.  Dice que no tenemos simplemente un “cambio de clima” como lo llama mucha gente.  Más bien, según el hombre, tenemos un “crisis de clima”.  Dice que quemamos tantos combustibles fósiles que la temperatura siga alzando.  Las temperaturas altas contribuyen a huracanes cada vez más fuertes, incendios más devoradores, y otras catástrofes naturales.  Concluye el hombre que si continuamos así el medioambiente no podrá sostener la civilización como la conocemos.  Aunque parece muy peligrosa esta amenaza, el evangelio hoy presenta una aún más grave.

 

Juan Bautista está predicando en el desierto fuera de Israel.  Es notable el lugar porque allí Dios formó a Israel como su pueblo después de que Moisés lo llevó de Egipto.  Desgraciadamente Israel no ha cumplido sus promesas.  No ha practicado la justicia.  Más bien, se ha metido en la corrupción y el fraude como los otros pueblos.  Por esta razón, Juan llama a los judíos que se le acuden “una camada de víboras”.  Dice que Dios está enviando a su mesías para juzgarlos.  No sabe quién sea el mesías, pero no duda que llegará pronto para castigar a los culpables con el fuego.

 

La gente responde favorablemente.  Preguntan a Juan: “¿Qué debemos hacer?”  Juan no tarda a darles órdenes.  Dice que aquellos con recursos deben compartirlos con los pobres. Añade que los publicanos deben cobrar sólo lo que es justo y los soldados tienen que evitar la extorsión.  Estas medidas son tan radicales que se pueden comparar con diferentes acciones recomendadas para limitar el consumo de los combustibles fósiles.  Imaginémonos por un momento el gobierno insistiendo que cada casa ponga el termostato a sesenta-cinco grados en el invierno y a ochenta en el verano.  Piensen en leyes limitando la gasolina de modo que todos tomen el transporte público al trabajo.

 

Aunque sería difícil acostumbrarnos a estos tipos de cambio, no deberíamos negar sus beneficios para el planeta.  Particularmente durante Adviento estamos animados a soñar en modos grandes.  Tenemos este tiempo para meditar en la venida de Dios al mundo como hombre – un evento tanto maravilloso como inesperado.  Si Dios hizo eso, seguramente puede mover a la gente de hoy en día a conservar la energía.  De verdad, puede causar sacrificios aún más significativos en otras áreas.  Puede inspirar a los hombres y mujeres a vivir en matrimonios que apoyan la crianza salubre de hijos.  Puede estimular ambos a los empresarios y a los trabajadores a valorar a uno y otro más.

 

Aquí hablamos del sacrificio, pero en la segunda lectura tanto como en la primera se cuenta del gozo.  Nos parece a veces que donde hay sacrificio, no se encuentra el gozo.  Pero eso no es verdad.  De hecho, el gozo resulta de hacer sacrificios para realizar nuestros fines.  Cuando vimos a los niños creciendo en adultos responsables, sentimos el gozo.  Cuando recibimos un regalo de aprecio por treinta cinco años de servicio a la compañía, nuestro corazón se llena del gozo.  Este gozo sobrepasa el placer que muchos equivocadamente asocian con la felicidad.  El placer es de los sentidos y pasa rápidamente mientras el gozo es del interior, el producto de sacrificio.  En la Carta a los Filipenses Pablo exhorta la alegría porque el Señor está cerca.  Es el mismo sentido que tenemos cuando nos sacrifiquemos por el bien de los demás.  Sabemos que el Señor está cerca, que ya es momento del júbilo.

 

Estamos entrando en un tiempo del gran gozo.  La gente saluda a uno y otro aun a desconocidos con sonrisas en la cara y calor en el corazón.  Todos comparten los manjares tradicionales – tamales, pasteles, y chocolates.  Los niños esperan juguetes nuevos, y los novios planean sus matrimonios.  Estos gozos se pasan relativamente pronto en memorias felices.  Sin embargo, hay un gozo que queda por más tiempo.  Se realiza este gozo en la iglesia en la Noche Buena.  Por haber hecho sacrificios por el bien de los demás en su nombre, sentimos el gozo de tener a Cristo presente.  Sabemos que él no nos abandonará nunca.  Tendremos este gozo en el corazón para siempre.

 


 

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