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PRESENTACIÓN DEL SEÑOR
2 de Febrero de 2025
Malaquías
3:1-4;
Salmo 24;
Hebreos 2:14-18;
Lucas 2:22-40
1. -- Sr. Kathleen Maire OSF <KathleenEMaire@gmail.com>
2. -- P. Jude Siciliano, OP <FrJude@JudeOP.org>
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1.
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PRESENTACIÓN del SEÑOR
2/2/2025 – (C)
Malaquías 3: 1-4; Hebeos 2: 14-18; Lucas 2: 22-40
Hoy el Evangelio nos dice que
los padres de Jesús estaban cumpliendo con la Ley de Moisés,
presentado a su Hijo a Dios en el templo. Se puede imaginar
su orgullo y alegría. Dios les había regalado un Hijo, y sus
padres estaban dedicándolo a Dios en el Templo. Según su fe,
el Templo era el centro de la religión judía, el lugar
sagrado donde Dios estaba presente en una manera especial.
La pareja está ofreciendo este hijo sagrado al Dios del
universo en el sitio más sagrado de su mundo.
Seguro que, en esta ocasión, había muchas parejas llevando a
sus hijos para presentarles a Dios. Sin embargo, Simeón,
varón justo y temeroso de Dios, pudo reconocerle a Jesús
como el Prometido, el Salvador, el que iba a alumbrar a las
naciones. Este hombre, lleno del Espíritu Santo, tuvo la
gracia de poder entender que las profecías de las Escrituras
se cumplieron con la llegada de este niño. Además
reconocemos en las palabras de Simeón el anuncio de que el
Mesías no vino solamente para el pueblo de Israel, sino por
el bien de todas las naciones.
También vemos a Ana, una profetisa anciana que sirvió a Dios
con ayunos y oraciones. Ella también se acercó a la pareja,
dando gracias a Dios y hablando del niño a todos los que
esperaban la liberación de Israel. En otras palabras, ella
también, pudo reconocer el niño como el Mesías, el esperado
del pueblo de Israel.
Esta lectura nos hace pensar en el misterio de Jesús
presente en la humanidad. Años después, durante su vida
pública, el pueblo de Israel tuvo extremamente difícil
reconocerle a Jesús como Mesías. A pesar de su enseñanza,
las curaciones, los milagros con pan y peces, la
restauración a vida de Lázaro- hasta los apóstoles
encontraron difícil aceptar que Jesús era el Mesías. Pero
san Lucas nos dice que estas dos personas, Simeón y Ana, sin
ver ningún milagro ni escuchar la voz de un ángel, sabían
inmediatamente que el niño era el Mesías. No había ninguna
indicación de la parte de sus padres, ninguna aparición de
ángeles, ninguna señal de su importancia. Lo único que había
era la gracia del Espíritu Santo.
Nos hace pensar en nuestra vida. ¿Que será necesario para
reconocer la presencia de Cristo entre nosotros? Creo que lo
mismo que era necesario para Simeón y Ana, la gracia del
Espíritu Santo. Si, como ellos, vivimos en una relación
íntima con Dios, si pasamos tiempo contemplando la Sagradas
Escrituras, si tenemos un corazón listo a aceptar la palabra
de Dios, podemos reconocer la presencia de Jesús cuando El
viene escondido en la carne y hueso de nuestros semejantes.
La vida divina está siempre presente para el bien de las
naciones. Lo que nos falta es la capacidad de ver.
Entre las palabras de Simeón, hay la bella oración que la
Iglesia usa como parte de su oración oficial: “Señor, ya
puedes dejar morir en paz a tu siervo, según lo que me
habías prometido, porque mis ojos han visto a su Salvador,
al que has preparado para el bien de todos los pueblos.”
Si vivimos en relación íntima con Dios, reconociendo su presencia durante la vida, esta puede ser nuestra oración también.
Sr. Kathleen
Maire
OSF <KathleenEMaire@gmail.com>
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2.
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“PRIMERAS IMPRESIONES”
Malaquías 3:1-4; Salmo 24; Hebreos 2:14-18; Lucas 2:22-40
por Jude Siciliano , OP
Queridos predicadores:
El relato de hoy de la presentación de Jesús en el Templo
cumple la profecía de Malaquías en nuestra primera lectura:
“Y de repente vendrá al Templo el Señor a quien ustedes
buscan”. Nuestra Respuesta al Salmo también ensalza la
entrada de Dios en el santuario: “¡Levanten, oh puertas, sus
dinteles; alcen sus brazos, ustedes, portales antiguos, para
que entre el Rey de la gloria!” Sin embargo, si aquellos que
anhelaban la llegada gloriosa de Dios para salvarlos
hubieran estado presentes en la escena del Evangelio de hoy,
habrían quedado decepcionados y se habrían perdido lo que
habían anhelado: porque Dios viene al Templo, no con signos
de esplendor, sino en silenciosa humildad.
Malaquías proclama que Dios viene al templo, aunque no se
conocen los detalles exactos. Lo que sí está claro es el
papel del mensajero (el nombre Malaquías significa “mi
mensajero”). Este mensajero debe preparar el camino para la
llegada de Dios entre el pueblo. Es similar a la forma en
que se limpia y decora el Capitolio de los Estados Unidos y
sus alrededores para la toma de posesión presidencial: todo
debe estar listo para algo significativo.
Sin embargo, la llegada del mensajero se demora, por lo que
el pueblo debe permanecer vigilante y paciente. Cuando el
Señor llegue al Templo, se juzgará la fidelidad del pueblo a
la alianza, especialmente de los sacerdotes, que serán
purificados y hechos dignos de cumplir con sus funciones.
Sólo entonces Dios estará complacido con los sacrificios
ofrecidos por ellos.
La venida de Dios reparará la brecha que separa al pueblo de
su Creador. Una tarea tan monumental plantea preguntas: ¿Qué
figura poderosa llevará a cabo esta obra de restauración?
¿Qué señales dramáticas acompañarán la llegada del
mensajero? El Evangelio de hoy responde con un giro
sorprendente: “No es lo que esperaban, pero este es el que
Dios está enviando para arreglar las cosas entre ustedes y
Dios”.
El relato presenta a unos judíos sencillos, fieles y
observantes: María, José, Simeón y Ana. Se nos dice cinco
veces que los padres de Jesús seguían las prescripciones de
la Ley (versículos 22, 23, 24, 27, 39). El Evangelio de
Lucas pone de relieve la obra del Espíritu Santo. Por
ejemplo, el Espíritu dirige a Simeón, permitiéndole
reconocer en el niño la salvación largamente esperada:
«Porque han visto mis ojos tu salvación».
Ana, una viuda de edad avanzada, también habla. Al igual que
Simeón, su vida ha estado dedicada a la oración y a la
espera de que Dios cumpla las esperanzas mesiánicas del
pueblo. No fueron los altos funcionarios del Templo quienes
reconocieron la presencia de Dios en el niño. En cambio, dos
siervos fieles, sintonizados a través de la oración, vieron
el plan de Dios en desarrollo.
Quien es fiel y vigilante en la oración está bien preparado
para reconocer la presencia de Dios en las personas y en los
acontecimientos cotidianos. El salmo de hoy tiene razón:
“¿Quién es este rey de la gloria? Es el Señor”. ¿Qué nos
ayudará a reconocer al “rey de la gloria”? Simeón y Ana nos
enseñan la respuesta: la vigilancia y la atención en la
oración.
El Evangelio de hoy destaca uno de los temas predominantes
de Lucas: “el gran cambio”. Observemos sus elementos
inesperados: los pobres, los humildes y los necesitados, que
confían en Dios, experimentan la alegría y la plenitud de la
salvación. Los autosuficientes, que no ven necesidad de
Dios, son excluidos. El Evangelio de Lucas se centra en los
“anawim” (los pobres), representados aquí por la humilde
pareja María y José y por Simeón y Ana. En la visión de
Lucas, los humildes son enaltecidos, no por sus dones
especiales o su prominencia, sino porque tienen hambre de
Dios y expresan esa hambre a través de la fidelidad.
Al comienzo del relato de hoy y a lo largo de todo el relato
de la infancia, Lucas utiliza la frase “cuando se cumplieron
los días”, lo que indica que algo significativo está
sucediendo: comienza la era mesiánica. Con la llegada del
Salvador se produce un derramamiento del Espíritu Santo. El
profeta Joel (capítulo 3) había predicho este derramamiento
como un signo distintivo de la llegada del Mesías. De hecho,
el Espíritu mueve a Simeón, Ana y a todos los que permanecen
vigilantes. “ Se cumplieron los días” y tenemos a Aquel que
hemos anhelado: el amor de Dios hecho carne en Jesucristo.
Aunque la historia de hoy se sitúa en tiempos antiguos,
refleja su contexto histórico. Simeón, anciano e
insignificante según los estándares sociales, ocupa el
centro del escenario, habla primero y pronuncia frases
clave. Lucas enfatiza que Simeón recibió el Espíritu Santo
tres veces. Luego, Ana, la viuda y profetisa, da un paso al
frente. Es la única mujer en el Evangelio llamada profetisa.
A sus 84 años, nunca abandonó el Templo, aunque
probablemente permaneció en el patio exterior reservado para
las mujeres. Silenciosa hasta ahora, Ana reconoce al Mesías
en el niño Jesús y rompe su silencio para dar gracias y
compartir la buena noticia con otros que esperan la ayuda de
Dios. De esta manera, Ana se convierte en la primera
evangelista.
Esta historia, aunque sorprendente al principio, revela un
tema constante: Dios reconoce a los fieles, a los
vigilantes, a los necesitados y a los insignificantes a los
ojos del mundo. Para ellos, Dios se hace presente. Como Ana,
nos ayudan a volver nuestra mirada hacia Dios,
permitiéndonos reconocer a Jesús cuando viene, incluso en
formas humildes e inesperadas en nuestro propio tiempo.
Haga clic aquí para obtener un enlace a las lecturas de este
domingo:
https://bible.usccb.org/es/bible/lecturas/020225.cfm
P. Jude Siciliano, OP <FrJude@JudeOP.org>
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